domingo, 22 de enero de 2012

Mi último día de libertad

   Mi madre y yo decidimos salir a comer al campo esa mañana. Un sol resplandeciente se posaba sobre nuestras cabezas contagiándonos su calor. Dirigíamos las miradas hacia el hermoso cielo azul despejado y, después, hacia la fresca y verde hierba donde estábamos tumbados. Todos los indicios apuntaban al comienzo de la primavera. Lo que más nos gustaba hacer era pasear por ese prado, ver cómo habían florecido las plantas de la zona y sentir la suave brisa en nuestra piel.
   Empezó a anochecer, así que nos dispusimos a retomar el camino de vuelta a nuestro hogar. Pero esa vez todo fue diferente. Ruidos en la penumbra, voces, estruendos, pasos, gritos. Mi madre y yo estábamos atemorizados, por eso comenzamos a aligerar el paso. De repente, vi cómo un hombre alcanzaba a mi madre y le golpeaba en la cabeza con una especie de hierro.
   −¡Mamá! −grité mientras corría hacia el lugar donde yacía su cuerpo inerte −¡Mamá, despierta!
   Una sensación de desesperación me invadía. Mi madre no se movía, ¿estaría muerta? No tuve tiempo de comprobarlo, otro hombre se acercó hacia mi espalda sigilosamente y noté un fuerte impacto.
   Me desperté en una inmunda habitación repleta de suciedad en la que apenas tenía espacio para moverme. Intenté provocar todo el ruido posible gritando y chocando contra las paredes, pero fue en vano. Varias horas después me sacaron de ese lugar para llevarme a otro peor: una caja de hierro. Era más pequeña que la anterior y ni siquiera me permitía darme la vuelta. Me pregunté si volvería a ver a mi madre. Pensar en ella me provocó una terrible angustia, no pude evitar que un mar de lágrimas se deslizara sobre mi cara. Poco después, intenté dormir para evadirme de aquella pesadilla. Cuando estaba a punto de conseguirlo, dos voces empezaron a conversar.
   −Ha sido pan comido. Iban andando juntas por el prado y solo hemos tenido que atizarles un buen golpe en la cabeza. Tenías que haberlo visto. Lo malo es que no paraban de derramar sangre y nos hemos manchado enteros. La próxima vez traeré a mi hijo, así podrá practicar béisbol −dijo una brusca voz con una sonrisa en la cara.
   
−¡Buen trabajo, campeón! Han estado mugiendo toda la mañana. Pobre vaquita que no volverá a ver a su ternerito, ¡qué lástima! −respondió el segundo a plena carcajada.
   Ya no podía hacer nada. No podía moverme, no podía dormir, no podía caminar... Intenté recordar todos los buenos momentos del día anterior: la luz del sol, el manjar de hierba fresca y la brisa en nuestra piel. Me habían arrebatado la libertad, ya solo quedaba morir.

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