Caen las horas y el manto de la noche me arropa en esta fría
calle. Camino a pasos agigantados, dejando atrás mi presente convertido en
pasado. Hasta que me inunda el olvido, dichoso cómplice de esta vida apagada.
Desaparezco entre las negras callejuelas colándome a través de la neblina. Miro el reloj: las doce. Entrañable hora, pienso. Aligero el paso,
avanzo en el destino hacia mi futuro incierto, mi futuro inseguro e impreciso.
El resplandeciente astro ilumina mi camino, la luna se deja ver completa y
brillante esta noche. La mayor parte de su vida escondida, pero
cuando aparece te embauca con su embriagador perfume. Tan seductor como el
profundo silencio que va dejando allí por donde pasa. Camino cabizbajo, como
siempre, pero esta vez me percato de algo. Un lobo. Está sentado y me mira
fijamente sin apartar aquellos desafiantes ojos. Se interpone en mi camino y
empiezo a correr calle abajo, sin mirar atrás. Logra alcanzarme y se abalanza
sobre mí, me muerde y desgarra hasta el último ápice de mi cuerpo. Y, al fin,
me convierto en él. En silencioso, vagabundo y soñador. En leal y luchador. El
bosque es ahora mi entorno y la fuerza mi aliada. La soledad, mi
única y fiel compañera.